Liberé mi pelo, para que cayese sobre mis hombros y me tumbé en la cama, suspirando. El baile había sido una estúpida reunión de personas atadas por formalismos, pases memorizados y torpes figuras opulentas intentando cazar a alguna joven noble de baja cuna. Nada habia hecho que esa noche mereciese la pena... Nada menos el. Había escuchado a su marido mofarse de él con los otros hombres, de su melena a media espalda, negra como la noche, de su piel pálida de alguien que no había salido nunca a la calle, y sobre todo que no hubiese provado vocado en toda la noche. Nadie parecía haberle invitado, y sin embargo tenía invitación y bailó como el que más... Solamente en un momento de la noche sus miradas se cruzaron, sus ojos negros como la.propia oscuridad parecian ser capaces de leerme el alma, de ver mi fuero interno y de saber que lo estaba deseando con todo mi ser... En estos pensamientos estaba yo cuando, de pronto, una brisa proveniente de ninguna parte apagó el candelabro, sumiendo la habitación en la penumbra... Mis ojos tardaron unos minutos en adaptarse a la oscuridad. Y allí estaba él. Aquel apuesto joven vestido de negro, a los pies de mi cama. Sin sombrero, sin capa, solamente su camisa y sus pantalones. No iba vestido formal, no llevaba nada... Salvo aquella máscara, la que regalaban en la entrada a la bastión, negra y puntiaguda, la que impedía ver el rostro de aquel dueño de mis fantasías. Parpadeé, incrédula, y mi primer impulso fue gritar, pero algo me lo impedía. Aquel hombre se acercó a la cama lentamente. Notaba que algo no iba bien, que estaba en peligro, debo suponer que es lo que siente un ciervo frente a un lobo. Y sin embargo algo dentro de mi luchaba porque saltase a sus brazos y dejase que me hiciese suya. A los pies de la cama se hallaba cuando hizo una leve reverencia: dulce doncella (su voz era suave, grave y firme, parecía un paño de tercipelo), perdóneme por esta intromisión... (alzó la mirada) pero esta noche voy a hacerla mía. Me quedé sin respiración. Algo en ese hombre no me gustaba, me daba miedo, queria gritar y huir despavorida. Y sin embargo algo dentro de mi estaba embelesada con el, deseaba dejarse hacer lo que el quisiese, convertirse en esclava de sus deseos y carpichos. No pude sino abrir la boca, como una incrédula, sin poder articular palabra alguna mientras se acercaba a mi y se sentaba a mi lado. Sus movimientos eran felinos, como si bailase una danza discreta y silenciosa que solo él supiese. Cada movimiento era hipnótico, cada gesto de sus manos, perfecto y calculado. Retrocedí lentamente hasta que mi espalda chocó contra la pared. Él continuó acercandose a mi, hasta acorralarme. Levantó un brazo, apoyándolo en la pared y encerrandome asi más, y acercó su rostro al mío. - V-voy a g-gritar... (intenté advertirle) - (Sonrió) YO voy a hacerte gritar (y con una velocidad pasmosa, sin poder actuar yo, sin darme cuenta siquiera de cuando lo hizo, me besó. De cuando nuestros labios entraro en contacto solo puedo recordar dos cosas. La primera, es que sus labios eran fríos, casi tanto como el hielo, pero sin llegar a quemar. La segunda es que cuando le besé mi cuerpo me traicionó. Noté un placer casi orgásmico, como si un beso de ángel de tratase, y a la vez notaba como si perdiese la razón, como si en cualquier momento ese beso fuese a arrebatarme mi ya de por si escasa fuerza de voluntad y hacer conmigo lo que quisiese... Y aún así fuí incapaz de separarme, sólo pude intentar seguir con torpeza su beso mientras ahogaba un leve gemido en su boca. Se apartó, rompiendo el beso, y aproveché para cojer aire. El corseé cada vez me apretaba más. Estaba temblando, de miedo y placer. Aquel hombre había conseguido lo que su marido había intentado hacer en la cama desde hace años. El hombre tiró de mi tobillo con suavidad pero firmeza y consiguió que me tumbase en la cama de un simple tirón. Le miré desde abajo, como un cachorrillo desvalido frente a un depredador, mientras intentaba regular mi respiración. - ¿Qui-quién demonios eres...? Me miró a los ojos: - Soy lo que siempre has deseado y nunca te atrevistes a reconocer Pasó una mano, fría como el hielo, por mi espalda y desabrochó mi corseé con una facilidad pasmosa. Me desnudó con un simple movimiento de brazo, dejandome unicamente con la parte de abajo del vestido. Mis pechos estaban al descubierto, mi marido podría entrar en cualquier momento y vernos, cualquiera podría entrar y descubrirnos... Y en ese momento no me importaba nada, sólo quería que él me poseyese, o que me dejase huir... Ni siquiera sabía que sentía. Bajó su cabeza hasta mi pecho y lamió uno de mis pezones, solamente rozandolo con la punta, y esa sensación de placer como la del beso me invadió de nuevo. Empezó a subir la lengua por mi escote hasta alcanzar mi hombro y, al fin, mi cuello. Su voz sonó en mi oído, a la vez que una de sus manos empezaba a levantarme el vestido: preparate para la mejor noche de tu vida... Y la última. Oí sus palabras a la perfección y quedé paralizada por el miedo, salvo por algún espasmo por el simple contacto de su mano entre mis muslos. Iba a matarme, algo en su voz me decía que iba en serio, completamente en serio, no iba a salir viva de aquello... Y aún así un pensamiento predominaba sobre los demás: quería que me hiciese suya. Me arrancó la ropa interior, literalmente, sin ningún movimiento brusco, como quién arranca una hoja de un árbol, y empezó a rozar con su dedo mi clitoris. Y esa sensación, esa extraña sensación que me había condenado, volvío multiplicada por mucho. Apenas me rozó y llegué al orgasmo, paralizada de placer. Gemí con fuerza, clavando las uñas en la cama. No solamente me habia hecho llegar con un único roce, sino que mientras siguiese tocándome me mantenía en ese punto álgido del orgasmo. No podía descansar, no podía apenas respirar, ese hombre me estaba desarmando con un único dedo... Me mantuvo en ese trance de placer inhumano durante unos minutos, y luego me soltó. Me quedé jadeando en la cama, sudando. No podía apenas moverme. Sólo podía intentar negar con la cabeza mientras veía como se desnudaba lentamente y se colocaba de nuevo sobre mí. Colocó su miembro en mi entrepierna mientras me rodeaba con ambos brazos. Nuestros pechos desnudos tocándose hacía que el placer nublase mis sentidos, empujó poco a poco su miembro dentro de mi, llenandome. Su miembro humillaba al de mi marido, y no sólo eso, sino que ese placer inhumano empezó a extenderse dentro de mi, casi matandome del placer. Empezó a embestirme con suavidad al principio, y con una brutalidad desenfrenada y salvaje al final. Yo solo pude gemir, casi gritando, intentando clavar mis uñas en la cama e intentando mantenerme consciente entre tanto placer. Apenas me dí cuenta cuando se quitó la máscara, ni cuando empezaron sus venas a volverse negras. No me di cuenta de que sus ojos se volvian rojos, de como se acercaba lentamente con sus colmillos a mi cuello. Lo unico que recuerdo es un dolor orgásmico en el cuello, unas alas de cuervo negras brotando de su espalda, y el dulce placer de la muerte arrancandome de ese cuerpo inherte...
Y bienvenidos sean todos aquellos que busquen paz, respuestas o simple compañía.
jueves, 3 de abril de 2014
jueves, 13 de marzo de 2014
Hipócrita
Es bonito vivir el día a día intentando ignorarlo. Pero, qué demonios, en mi interior lo se: soy un hipócrita.
Y lo odio. Me odio. Pero eso no es novedad. Desde siempre ha sido asi, o mas bien, siempre he sido asi. Y me doy asco, es tan genial verme desde fuera, pero si la mayoria supieses la verdadera intencion sobre mis actos, o lo que de verdad pienso de muchas situaciones, probablemente estaría solo. Quiza no y simplemente la gente no estaría tan apegada a mi, pero supongo que es jugar con ventaja si "casualmente" siempre dices lo que la otra persona espera y quiere oir.
Cuántas frases, opiniones e incluso gestos habré echo para mantener ese avatar de "perfección" (por muy hipócrita que parezca) frente a los demás. No penseis que me conoceis tan bien, me conoceis, por supuesto, pero hasta las cosas más básicas o que más confianza teneís podrían ser solo una pequeña respuesta de mi miedo a quedarme solo.
Supongo que no es tan fácil quitarse todas las máscaras...