Allí estaba Yérick, rodeado por la más completa oscuridad. En sus brazos yacía muerta una niña con el pelo blanco, casi gris. De la espalda de la niña brotaban dos alas que poco a poco iban perdiendo sus plumas, como si de un árbol en Otoño se tratase. Yérick miraba a su hermana, entre sus brazos, y un ligero sentimiento de tristeza le invadió , pero tardó poco en ahogarse debido al tremendo poder que ahora poseía.
Solamente observó el cuello de su hermana, y allí estaban las inconfundibles marcas de sus colmillos.
Yérick despertó de golpe, en su cama. Estaba sudando, su respiración estaba agitada. Tardó en darse cuenta que los brazos de su hermana lo rodeaban en un abrazo cálido. La miró mientras dormía a su lado, se fijó en su cuello. Estaba mucho más apetecible que nunca. Yérick negó con la cabeza, abrazó a su hermana sin llegar a despertarla y se tapó el rostro con sus alas negras como la misma noche.
Era su hermana. No podía, no debía y, sobre todo, no quería hacerle nada. Pero... esa sensación del sueño, ese sueño que se repetía cada noche... esa sensación de bienestar, de poder y de superioridad... ¿Sería verdad?
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